ADIÓS, SUSANITA (cuento) Todas las mañanas Mariana se levantaba y corría por los cuartos de su casa. Había cinco habitaciones, dos de las cuales eran ocupadas por su padre y ella y no por la obsesión retratista de su madre. La sala estaba muy bien provista. Tenía viejos muebles de hierro. La mesa estaba rodeada por sillas de madera negra y tremendos cuernos de cerámica (que su padre cuidadosamente había redondeado con una fresadora y cubierto con plástico para evitar que sufriera algún accidente). En el jardín de la parte trasera había macetas y una pequeña fuente pegada al muro, donde Mariana se pasaba las tardes jugando con sus muñecas: Susanita, por ejemplo, a veces era madre y otras hija. Una noche la casa se llenó de personas alegres y su padre se apresuró a dejar libres a aquellos animales toscos. Había ruidos como de estampida y una música de burla. La letra invitaba a todos a carcajearse del mundo, según entendía la niña. Los cuernos se movía...